Nuestra historia

Se cuenta que cuando Nonna Fortunata abrió sus puertas en 1900, su taberna era frecuentada por Gabriele D'Annunzio, quien apreciaba especialmente la sencillez de la cocina de Fortunata y la autenticidad del ambiente, lejos de los salones pomposos. Se dice que una vez recitó versos improvisados en honor a sus famosos supplì, definiéndolos como «pequeñas bombas de sabor que anuncian la grandeza de Roma».

Sibilla Aleramo, pionera de la literatura feminista italiana, también era una clienta asidua. Encontraba en la trattoria un oasis de sencillez y autenticidad, un lugar donde poder observar la vida real de los romanos, inspirándose para sus escritos. Se cuenta que le gustaba especialmente la pasta con habichuelas de Fortunata, un plato humilde pero rico en sabor, símbolo de una Roma popular y auténtica.

Cuando, en 1950, su hija decidió reabrir la trattoria, continuando con el legado de Nonna Fortunata, Roma era otra ciudad. El cine italiano vivía su época dorada con Cinecittà, y la capital bullía de artistas, directores y actores. La «nueva» Trattoria Nonna Fortunata, aunque mantuvo firmes sus raíces en la tradición, pronto se convirtió en un lugar de encuentro para esta nueva ola de celebridades.

Se rumorea que Anna Magnani, icono del cine neorrealista, era una clienta habitual. Su franqueza y pasión romanas se reflejaban en la autenticidad de la cocina de la taberna. Se dice que le encantaba especialmente la carbonara, preparada según la receta original de Nonna Fortunata, y que a menudo se entretenía charlando con su hija, compartiendo anécdotas y risas.

Marcello Mastroianni, con su elegante encanto y su discreta romanidad, también era un rostro conocido en la trattoria. Apreciaba la sencillez del local y la autenticidad de los platos, un refugio lejos de los focos y la mondanidad. Se cuenta que prefería los platos más humildes de la tradición, como la pasta con garbanzos o la tripa a la romana, ya que en esos sabores encontraba el gusto de su infancia.

En esta segunda etapa de su historia, la Trattoria Nonna Fortunata comenzó a recibir también algunos reconocimientos informales. Artículos en revistas locales y críticas entusiastas en los medios de comunicación emergentes contribuyeron a consolidar su fama como guardiana de la auténtica cocina romana. Aunque en aquella época no existían premios formales como las estrellas Michelin para este tipo de locales, el verdadero premio era la cola de gente que se formaba a la puerta, deseosa de saborear un pedazo de historia y autenticidad romana. La trattoria se convirtió en un símbolo de una Roma que no quería olvidar sus raíces, un lugar donde el tiempo parecía ralentizarse, permitiendo a todos disfrutar plenamente de la sencillez y la bondad de la tradición.

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